Konexión Alzheimer

¿Qué causa la enfermedad de Alzheimer?

La mayoría de los casos de enfermedad de Alzheimer se producen en personas de más de 65 años, y la causa de la enfermedad no se conoce con exactitud en la actualidad. Se cree que esta enfermedad tiene un origen multifactorial, es decir, que existen diversos factores de riesgo que predisponen a un individuo a padecerla.

De los diferentes factores de riesgo identificables, algunos de ellos no son modificables, como por ejemplo, la edad o la predisposición genética. Por el contrario, existen otros factores que sí pueden cambiarse, y al hacerlo se modifica el riesgo de desarrollar la enfermedad, como por ejemplo, la práctica de ejercicio físico regular. 

De entre los múltiples genes que se han relacionado con la enfermedad de Alzheimer, el más conocido es una variante del gen de la Apolipoptroteína E, un gen implicado en el metabolismo del colesterol, entre otras funciones. El poseer esta variante de riesgo no causa necesariamente la enfermedad, pero sí multiplica el riesgo de padecerla por tres o cuatro, según los estudios.

Una enfermedad con infrecuentes formas hereditarias

A pesar de que se han identificado genes de riesgo para desarrollar la enfermedad de Alzheimer a partir de los 65 años, los casos hereditarios son infrecuentes. Las formas hereditarias de la enfermedad de Alzheimer se vinculan a tres genes que se heredan de forma autosómica dominante. Esto implica que los genes se transmiten indefectiblemente de padres a hijos, y ocasionan que la persona portadora desarrolle síntomas de la enfermedad en etapas más tempranas de la vida, antes de llegar a los 65 años. Afortunadamente, los casos hereditarios son raros y solamente suponen un 1% del total de los pacientes.

Factores de riesgo modificables para la demencia

Según los datos disponibles de diferentes estudios epidemiológicos y preventivos sobre la demencia, en la actualidad se han identificado doce factores modificables del riesgo de una persona de desarrollar una demencia a lo largo de su vida. Muchos de estos factores de riesgo están relacionados con hábitos de vida saludables y otros dependen de factores socioeconómicos, por lo que la implicación de diferentes agentes políticos y económicos se hace necesaria si queremos que haya menos gente con demencia en el mundo durante las próximas décadas.

Los factores de riesgo identificados, se detallan continuación:

  1. Un bajo nivel educativo o baja escolarización
  2. Déficits auditivos
  3. Fumar
  4. Obesidad
  5. Depresión
  6. Aislamiento social
  7. Inactividad física
  8. Elevación de los niveles de azúcar en sangre (Diabetes)
  9. Elevación de la presión arterial (Hipertensión)
  10.  Consumo excesivo de alcohol
  11. Traumatismos cerebrales
  12. Altos niveles de contaminación ambiental

Se estima que si logramos modificar estos doce factores de riesgo, se podrían prevenir casi un 40% de los casos de demencia en el mundo.

Estrategias preventivas de la demencia

En general, todas las estrategias destinadas a la prevención de la demencia tienen como objetivo mejorar la calidad de vida de la persona. Basándonos en los factores de riesgo identificables descritos en el apartado anterior, las estrategias que una persona puede implementar para disminuir su riesgo de desarrollar una demencia, son:

1. Mantener una actividad intelectual estimulante a lo largo de su vida

Generalmente durante la etapa escolar y de vida laboral de una persona, el desempeño de sus responsabilidades educativas y profesionales hace que la persona se mantenga con una buena actividad cognitiva. Sin embargo, algunas personas, al llegar a la edad de jubilación, dejan de practicar por completo cualquier actividad que implique un esfuerzo mental. Mantenerse intelectualmente activos es una estupenda acción para estimular nuestro cerebro y hacer que este sea más “resiliente” ante el desarrollo de un posible deterioro cognitivo.

2. Corregir la pérdida de audición

Escuchar es imprescindible para poder relacionarse, entablar conversaciones e identificar los estímulos del mundo que nos rodea. Escuchar estimula las áreas cerebrales vinculadas a la audición. Por el contrario, la pérdida de audición deja sin estímulo determinadas regiones del cerebro y obliga al cerebro de esa persona a trabajar con más esfuerzo para activar otros mecanismos compensatorios. Además, la sordera aísla a la persona y provoca en ella sentimientos negativos de desesperanza, soledad, tristeza o preocupación. Por tanto, ante cualquier indicio de discapacidad auditiva, es recomendable acudir a un especialista para realizar un estudio, identificar la causa de la pérdida de audición e iniciar un tratamiento adecuado.

Existen múltiples dispositivos auditivos que mejoran la audición de la persona y evitan su aislamiento del entorno. Cuanto más integrada esté una persona en su entorno, mayor será su grado de participación y de actividad, mejor su estado emocional y mayor el estímulo cognitivo que pueda tener. Todos estos factores ralentizan el posible desarrollo de una demencia.

3. Abandonar el consumo de tabaco

El humo de los cigarros contiene gases y sustancias químicas que son tóxicas y lesionan las células de nuestro organismo, multiplicando el riesgo de una persona de desarrollar multitud de enfermedades. La lesión de las células del corazón y las neuronas producida por el tabaco provoca que estas tengan poco oxígeno y nutrientes para su normal funcionamiento. De esta manera, se incrementa el riesgo de la persona de sufrir un infarto cardíaco, un ictus y una demencia. Dejar de fumar no solo es bueno para la salud del fumador sino para la salud de las personas que conviven con él, quienes de forma pasiva también inhalan las sustancias tóxicas del tabaco y sufren sus consecuencias.

4. Realizar ejercicio físico

Actualmente existen numerosas evidencias de que la actividad física de características aeróbicas previene la demencia. Al hacer que nuestro corazón lata más rápido no solo estamos quemando calorías, sino que también estamos protegiendo nuestro cerebro. En estudios con técnicas de imagen cerebral se ha visto que el volumen de determinadas regiones cerebrales es mayor en las personas que practican ejercicio físico de forma regular respecto a aquellas personas con una vida más sedentaria. Además, al realizar deporte estamos mejorando nuestra salud cardiovascular en general, de manera que también reducimos el riesgo de sufrir otras enfermedades neurológicas de perfil vascular, como el ictus, que eleva el riesgo de que una persona desarrolle demencia.

5. Mantener un adecuado peso

Tener obesidad o un peso más elevado que el que nos corresponde por un exceso de grasa corporal supone un factor de riesgo para demencia y otras múltiples enfermedades, sobre todo patologías cardiovasculares, problemas en articulaciones, huesos y pulmones. Aunque existen un componente genético en algunos casos, la mayoría de las veces la obesidad está ligada al tipo de dieta y de actividad física que realiza la persona. Varios estudios han demostrado que, además de la obesidad, el sobrepeso, en personas de edad media también aumenta el riesgo de desarrollar demencia (hasta en un 70%) en los años venideros.

6. Fomentar un buen estado anímico y afrontar con positividad el hecho biológico de envejecer

Existen diferentes factores que pueden hacer que una persona, conforme envejece se sienta triste y melancólica: las enfermedades que padece, los dolores en diferentes partes del cuerpo, la merma de sus capacidades físicas, la pérdida de seres queridos, sentimientos de falta de energía o de vacío vital, la jubilación…

En ocasiones, personas de más de 65 años que no habían tenido antes problemas emocionales comienzan con síntomas depresivos. La depresión, además de suponer una alteración anímica, frecuentemente se acompaña de quejas relacionadas con una disminución de las capacidades cognitivas. Además, se ha relacionado con cambios neurohormonales, en determinados neurotransmisores y regiones cerebrales que supondría un factor de riesgo para desarrollar una demencia. Por el contrario, la demencia puede asociarse a depresión, especialmente en etapas iniciales, cuando la persona es consciente de la pérdida de sus capacidades cognitivas.

La relación precisa entre ambas entidades, depresión y demencia, es compleja, no se conoce con totalidad y suscita múltiples controversias. Sin embargo, lo cierto es que los pacientes que inician un cuadro depresivo en edades avanzadas de su vida tienen más riesgo de desarrollar una demencia. Por tanto, es recomendable mantener una vida activa, saludable y un buen estado de ánimo para prevenir una demencia en la edad adulta.

7. Conservar el contacto personal con la familia y otras personas

Cuanto más robusta y rica sea la red de apoyo familiar y social de una persona mayor, menos probabilidad de desarrollar una demencia tendrá. Tener pocas relaciones personales y vínculos emocionales asocia aislamiento, ánimo depresivo y deterioro cognitivo. Por el contrario, interactuar con iguales implica comunicarse, compartir tiempo, emociones y vivencias y esto supone un potente estímulo emocional y mental para nuestro cerebro.

8. Mantener unos niveles adecuados de azúcar en sangre y de presión arterial

Tanto la diabetes como la hipertensión arterial lesionan los vasos sanguíneos y las células de diferentes órganos del cuerpo humano, incluido el sistema nervioso. Ambos factores se consideran factores de riesgo cardiovascular y se han relacionado en multitud de estudios con un mayor riesgo de desarrollar demencia. Para prevenirlos es importante acudir al médico para realizar un adecuado control y tratamiento farmacológico, si se requiriera. Además de intentar controlar estos factores, es importante realizar cambios en el estilo de vida que impliquen otros factores de riesgo cardiovascular similares, como el colesterol, fumar o el sedentarismo.

9. Seguir una adecuada dieta

La dieta más recomendada para prevenir las diferentes enfermedades cardiovasculares y la demencia es la conocida como dieta mediterránea. Esta es una dieta rica en un surtido de alimentos saludables y equilibrados que resultan muy beneficiosos para la salud de nuestro sistema vascular, corazón y cerebro. Los elementos esenciales de esta dieta son el aceite de oliva virgen extra, las verduras y hortalizas, legumbres, frutas y frutos secos, pan y cereales integrales, lácteos desnatados y el pescado azul. La mejor bebida para acompañar estos alimentos es el agua y a la hora de cocinarlos deberíamos evitar freírlos. De esta manera los hábitos alimentarios basados en la dieta mediterránea ayudan también al control de los niveles de colesterol y azúcar en sangre, ya que evitan el consumo de bebidas azucaradas y de grasas perjudiciales para el organismo.

10. Evitar el consumo excesivo de alcohol

El consumo prolongado a lo largo del tiempo de cantidades excesivas de alcohol causa daño en diferentes órganos de nuestro cuerpo y lesiona también el cerebro. El alcohol contiene etanol, una sustancia tóxica y lesiva para las neuronas. Los consumidores frecuentes de alcohol experimentan síntomas cognitivos y acaban desarrollando un tipo de demencia ligada al abuso de este tóxico neuronal. Cuando se estudia el cerebro de personas que han consumido alcohol de forma crónica se ve un cerebro más empequeñecido, con pérdida del volumen de diferentes áreas relacionadas con la memoria, atención, planificación, aprendizaje y ejecución motora, entre otras.

11. Evitar los golpes graves en la cabeza

En los últimos años se han llevado a cabo múltiples estudios que han relacionado las lesiones cerebrales graves de origen traumático con el riesgo de desarrollar demencia. Este hecho es bien conocido en el mundo deportivo, especialmente en el caso de los boxeadores y jugadores de fútbol americano, quienes se ven expuestos durante su vida laboral a múltiples golpes traumáticos en la cabeza. Sin embargo, existen otros deportes de contacto en los que los jugadores también se ven expuestos a traumatismos craneales, como el rugby o el hockey.

Con los años, estos deportistas desarrollan cambios en su cognición y conducta compatibles con una demencia. Hoy sabemos que las consecuencias de que el cerebro -un órgano extremadamente sensible- sufra golpes fuertes y continuados contra el cráneo -la estructura ósea que le rodea- son muy perjudiciales. Los golpes en el cerebro, además de causar daño físico directo, ocasionan desgarros en determinadas estructuras cerebrales, daño vascular y liberación de mediadores inflamatorios que en última instancia provocan la muerte de las neuronas y el desarrollo de cambios neurodegenerativos vinculados a la demencia.

Además de determinados deportes, existen otras situaciones de riesgo para sufrir golpes en la cabeza, como por ejemplo las caídas sin casco de una bicicleta o los accidentes de coche. Todas las personas, en cualquier franja de la vida, pero especialmente en la infancia, cuando el cerebro de los niños está en pleno desarrollo, deberían respetar las normas de circulación, llevar casco o cinturón de seguridad cuando se requiera o evitar las caídas en altura. Estas son algunas de las medidas preventivas más importantes para evitar impactos en el cerebro que ocasionen lesiones relevantes.

12. Evitar la exposición a la contaminación ambiental

Las personas que residen en ambientes con altos niveles de polución están expuestas a la inhalación de determinados gases y diminutas partículas tóxicas que se encuentran suspendidas en el aire que respiran. Estos gases y micropartículas resultan nocivas para el organismo y ocasionan enfermedades pulmonares, cardiovasculares y neurológicas. Concretamente, tras años de inhalación de estas partículas se producen cambios cerebrales que conllevan un mayor riesgo de ictus y demencia.

Existen diferentes medidas a implementar a nivel mundial por los gobiernos y el sector industrial para reducir la polución ambiental y mejorar la salud de los ciudadanos. A nivel individual, como medidas preventivas, podemos intentar pasar más tiempo en contacto con la naturaleza, desplazarnos en transporte público, evitar practicar deporte en zonas urbanas contaminadas o fomentar el comercio de proximidad.