Konexión Alzheimer

El tratamiento de la enfermedad de Alzheimer adquiere diferentes matices a lo largo de la misma. En función de los síntomas predominantes en los pacientes y del momento evolutivo en el que se encuentre, los profesionales que atienden a la persona irán adaptando la atención médica a sus necesidades y a las de su entorno familiar. La cercanía y proximidad con el enfermo y su familia son claves en esta enfermedad. También lo es el compromiso con una atención global y continuada a lo largo del seguimiento de la misma.

Dos pilares fundamentales

El tratamiento de la enfermedad de Alzheimer se divide en estrategias de tratamiento farmacológico y estrategias de tratamiento no farmacológico, según estén involucrados o no las aportaciones provenientes de los medicamentos.

Tratamiento farmacológico

Actualmente existen distintos medicamentos aprobados para el tratamiento sintomático de la enfermedad de Alzheimer. Es importante destacar que ninguno de estos medicamentos tiene la capacidad de curar ni de modificar el curso natural de la enfermedad, por lo que sus efectos son limitados.

Por un lado, tenemos fármacos que podemos denominar “antidemencia” que pertenecen a dos familias de medicamentos destinadas a producir cambios en dos neurotransmisores implicados en la conducta y en procesos cognitivos como la memoria y el aprendizaje. Son:

  1. Los fármacos inhibidores de la enzima acetilcolinesterasa (IACEs). Fueron los primeros fármacos comercializados para el tratamiento de esta enfermedad, entre ellos se encuentran el donepezilo, la galantamina y la rivastigmina.
  2. La memantina, un antagonista del receptor del N-metil-D-asparato (NMDA) que actúa sobre la actividad del glutamato. 

El momento en el que estos fármacos deben ser introducidos o retirados está sujeto a indicaciones médicas que deben ser supervisadas por profesionales especializados. En líneas generales, el tratamiento con IACEs debe iniciarse tan pronto como se diagnostique la enfermedad de Alzheimer, siempre y cuando no sea seguro y no existan situaciones médicas que lo contraindiquen.

En general estos fármacos son bien tolerados aunque existen síntomas adversos relacionados con la medicación, principalmente digestivos (como náuseas, vómitos, diarreas, pérdida de apetito…). Generalmente estos efectos adversos se relacionan con la dosis del fármaco, de manera que a mayor dosis, más probabilidades de tenerlos. Por eso se intenta aumentar las dosis de estos fármacos de forma escalonada y paulatina, para mejorar la tolerancia y minimizar los posibles efectos adversos.

Dado que los pacientes con enfermedad de Alzheimer pueden no recordar tomarse la medicación o si ya se la han tomado, es imprescindible que exista una persona en el entorno del paciente que supervise la adecuada toma de los fármacos. Conforme la enfermedad evoluciona, su médico puede iniciarle también la memantina, un fármaco que combinado con IACEs mejora levemente la evolución de la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, en etapas avanzadas de la enfermedad, estos tratamientos carecen de eficacia y en un determinado momento se inicia su retirada.  

Por otro lado, existen diversos fármacos que pueden mejorar otros síntomas relacionados con la enfermedad de Alzheimer, como la depresión, la ansiedad, los problemas de conducta o de sueño. Estos fármacos se seleccionan en cada caso de forma individualizada y ayudan a mejorar la calidad de vida del paciente y de sus familiares.  

En la farmacopea de la enfermedad de Alzheimer también se conocen suplementos nutricionales con valor terapéutico (nutracéntricos)  y diferentes moléculas con potenciales efectos antioxidantes que pueden tener efectos beneficiosos a nivel cognitivo. La indicación de estos compuestos, así como su toma, es aconsejable que sea individualizada en cada caso y supervisada por un especialista.

Tratamiento no farmacológico

Conceptualizar a la persona como una realidad personal, familiar y social, implica que el tratamiento de una enfermedad tan compleja y cambiante como la enfermedad de Alzheimer se extienda de forma holística y más allá del aspecto puramente farmacológico, a los ámbitos personales, familiares y sociales del individuo. Cada vez es mayor la profesionalización de la atención integral a estos pacientes en centros especializados mediante intervenciones bien diseñadas y planificadas que tienen como objetivo estabilizar y mejorar algunos de los síntomas de la enfermedad de Alzheimer.

De todas las atenciones no farmacológicas, la estimulación cognitiva es fundamental. Este tipo de intervención debe ser llevada a cabo por profesionales cualificados que adapten e individualizar la terapia a las necesidades y capacidades de la persona. Existen múltiples estrategias de intervención cognitiva pero todas ellas tienen como objetivo mejorar aquellas capacidades que impacten de forma positiva en la realización de las actividades diarias de la persona, mejorando su autonomía.

Uno de los fundamentos de esta terapéutica es conseguir respuestas optimizadas en cada caso, incidiendo en la preservación y prevención de deterioro funcional de la persona. Es importante empezar este tipo de terapias en las fases más precoces de la enfermedad, dotando a la persona de herramientas que pueden mejorar su calidad de vida. Así, la terapia tiene también un claro beneficio a nivel anímico, ya que despierta emociones positivas en la persona y mejora su autoestima.

A nivel familiar, es importante formar a los seres queridos de la persona para que sepan cómo intervenir en el ámbito doméstico a través de intervenciones psicoeducativas y de terapia ocupacional que serán beneficiosas para el paciente y para los propios familiares.

Hay múltiples formas de intervenir en el medio ambiente que rodea al paciente con enfermedad de Alzheimer que son beneficiosas. Potenciar el contacto físico, la estimulación a través de los sentidos o la musicoterapia son herramientas empleadas para la psicoestimulación que ayudan también a mejorar el bienestar emocional de los pacientes.

En etapas más avanzadas de la enfermedad, acciones puntuales como señalizar la localización del cuarto de baño mediante un dibujo en la puerta o tener un álbum de fotos sencillo con los miembros destacados de la familia pueden ser útiles también a nivel domiciliario.

Con el creciente desarrollo de las nuevas tecnologías existen multitud de programas, aplicaciones y dispositivos electrónicos destinados a fomentar las capacidades cognitivas de la persona. Además, algunas de estas herramientas serán de gran utilidad en un futuro no muy lejano para ayudar a mejorar el diagnóstico precoz de la enfermedad.

No debemos olvidar que estas estrategias terapéuticas no farmacológicas destinadas a fomentar la actividad cerebral de la persona se ven reforzadas con la implementación de las medidas de prevención de la demencia mencionadas en el apartado de prevención. Entre ellas, las más destacables son:

  • Realizar ejercicio físico y mantener un adecuado peso. Se debe intentar mantener la actividad física regular a lo largo de la enfermedad. Actividades sencillas como pasear a diario en entornos conocidos son altamente beneficiosas. Es recomendable seguir un mismo itinerario, para potenciar que el paciente conozca bien el recorrido y se sienta seguro. En algunos momentos podrá pasear solo y en ocasiones será más aconsejable que lo haga acompañado. Existen dispositivos de GPS que pueden ayudar a facilitar la localización de la persona.
  • Seguir una dieta sana y variada como la mediterránea, rica en determinadas vitaminas, micronutrientes y ácidos grasos beneficiosos para la salud cerebral. 
  • Corregir la falta de audición para que la persona esté integrada y participe de forma activa en su entorno.
  • Fomentar las relaciones humanas afectivas y un estado de ánimo positivo en la persona.  
  • Evitar el consumo de sustancias tóxicas para la salud, como el tabaco y el alcohol. 
  • Mantener bien controladas enfermedades como la diabetes y la hipertensión.

Una enfermedad cambiante, una atención continuada

Fármacos en investigación 

La modesta eficacia de los actuales tratamientos “antidemencia”, así como el pobre pronóstico de la demencia por enfermedad de Alzheimer, hace que el tratamiento actual de esta patología continúa siendo un reto científico insatisfecho. La mayoría de los intentos terapéuticos actuales se centran en las fases iniciales de la enfermedad, cuando los daños cerebrales son leves y todavía sería posible modificar el curso de la enfermedad en etapas posteriores. 

Según el conocimiento actual sobre el origen de la enfermedad, que involucra a las proteínas amiloide y tau, se han ensayado y se están ensayando multitud de terapias e intervenciones cuyo objetivo es disminuir la producción o aumentar la eliminación de estas proteínas en el organismo. El camino para estudiar estos fármacos es largo, ya que deben pasar por un minucioso proceso de investigación, desde los aspectos más básicos analizados en laboratorios, en animales y en humanos hasta posteriormente probar su eficacia en sujetos enfermos.

Hasta la fecha ninguna intervención ha conseguido superar con eficacia probada y sin efectos secundarios nocivos las diferentes fases de los ensayos clínicos exigidas por las agencias reguladoras de medicamentos. No obstante, el conocimiento desarrollado y acumulado a lo largo de los años infunde esperanza y nos permite soñar en que posiblemente estemos cerca del desarrollo de estrategias curativas de esta desgarradora enfermedad.